Comidas y Fiestas.

 

En nuestro país y seguro del mismo modo que sucede en otros países andinos, los símbolos forman un lenguaje cuya interpretación es fundamental para escudriñar hasta los últimos misterios que guarda toda manifestación popular. En el sentido más amplio del concepto, toda fiesta o manifestación religiosa en el Perú encierra unos símbolos cuyas claves de lenguaje son ante todo manifiestamente festivas. En el fondo, y más evidentemente en la forma, podemos apreciar que toda fiesta popular peruana, para que lo sea en toda su extensión, ha de contar con dos elementos esenciales: la alegría y la comida. Y, ya sea en las tierras de la costa norte, en la meseta altiplánica, en las orillas amazónicas, o en las tierras de nuestra sierra, la verdad es que contamos con expresiones de carácter etnológico y antropológico que nos puedan servir de ejemplo de ello.

De una forma más didáctica que académica, y tomando las fiestas conmemorativas pre hispánicas del sur del Perú y de otras regiones andinas, podemos ver que toda manifestación festiva-religiosa consta de tres etapas bien definidas: El camino hacia lo “respetado o sagrado”, el encuentro con lo “sagrado”, y la alegría de haber estado con lo “sagrado”, esto se manifiesta mediante el jolgorio o exceso festivo, dicho sea esto último en el sentido más amplio de los excesos y consiguiente pérdida de respeto a la “oficialidad” –ya sea eclesiástica o civil— de las normas establecidas.

Efectivamente, en la mayoría de los santuarios pre hispánicos del Perú, la expresión religiosa o peregrinación del mismo índole acaba en fiesta: es la desacralización del rito y la vuelta al mundo profano después de haber permanecido durante unos instantes en contacto con lo divino, el encuentro con lo “sagrado”, al que hacíamos alusión. Después del encuentro con lo sagrado los festejantes se resarcen del camino penitencial que lleva hacia lo respetado o sacrosanto, comiendo, bebiendo y bailando. Se presenta la dualidad, penitencia y fiesta
Valga como botón de muestra un sólo ejemplo de lo que ha quedado escrito en el calendario festivo cuzqueño: http://www.hi5musica.net/videos/andino/aguas-de-invierno.htm... o http://cuadrantederecho.com/qoyllur-ritti-network-marketing.... (este ultimo recomiendo su lectura) .

Una conclusión de urgencia nos lleva a opinar que en estos casos festivos los extremos (penitencia y fiesta) no se contradicen en modo alguno, sino que se refuerzan mutuamente. La cultura tradicional ha sabido integrar secularmente todos los contrarios: a los periodos festivos siguen épocas de penitencia, a éstas de nuevo los festivos: al Carnaval sigue la Cuaresma, a ésta la Semana Santa, las fiestas de la cosecha (mayo) llega el invierno (junio). En muchos pueblos andinos peruanos, al quinto día de haber sepultado a un familiar, se hace una fiesta con comidas.

La alegría de la fiesta con sus comilonas y sus bailes no son, pues -como pudiera parecerles a primera vista a quienes profesan una cultura urbana- una muestra de la hipocresía de los dolidos festejantes (si el caso es un fallecimiento), sino una consecuencia lógica de cómo atajar los esfuerzos y los sufrimientos realizados durante el camino hasta llegar al santuario. Podemos entonces manifestar con firmeza que las costumbres humanas en los pueblos andinos tienen mas fuerza que las leyes propias de un gobierno establecido.

Se entiende fácilmente que, por ejemplo en las celebraciones patronales de nuestra serranía se haya convertido en sinónimo de fiesta, pues no falta en ella ninguno de los tres pilares que la sostienen: La procesión, La misa y luego no ha de faltar comida, bebida y el baile. Alrededor de estos tres pilares, se distinguen dos tipos de cocina. De una parte, la que se prepara en la propia casa y se lleva a la procesión para tomarla en ella o durante el trayecto. Está formada por platos elaborados siempre por las mujeres: Panes con carne, pescados fritos, pan con “atunes”, frutas, cancha y queso, habas fritas, pan con tamal, pan de sangrecita. Diferente es la comida que se elabora en el lugar donde tiene lugar la fiesta patronal. Guisos que se preparan en caliente, en un fuego que se hace con la concurrencia de todos los asistentes, pues cada cual simbólicamente aportan ramitas de leña para su encendido. Arroces, carnes, papas, cuyes, chicharrones, humitas, picarones, son las comidas preferidas por excelencia. En la archiconocida procesión del Señor de los Milagros (Octubre, Lima-Perú), se suele comer, además del “Turrón de doña Pepa”, anticuchos, fritanguita con papa a la huancaína, ceviches con tallarines o la recurrida “Arroz con pollo”, así mismo podemos encontrar tamales y humitas. Si es la sierra peruana los “sancochados” y “pucheros” propios de cada región y muchos de ellos (presentaciones gastronómicas) son típicamente oriundas de cada pueblo, es el caso en la selva peruana: “Juanes”, “Cecina con Tacacho”, etc. Incluso se puede llegar al caso en el que una fiesta se conozca más por lo que en ella de come que por el santo al que se venera, caso de la del Cristo de Pachacamilla, en Lima, que es conocida popularmente como la “fiesta del Turrón de Doña Pepa” por ser éste un turrón que mayoritariamente se consumen quienes a ella concurren. Igual podríamos decir de La fiesta del “Juane”, o del “Tablacho” y esto se da en muchos pueblos de la amazonia peruana.

Apreciamos que la mayoría de los guisos fiestas patronales de nuestro país, se preparan in situ, tienen la particularidad de estar cocinados por mujeres. Los hombres cocinan en el Perú cuando esta actividad es netamente económica, pero si se trata de comidas de aportes, de festividades religiosas o comidas de fiestas, o comidas para celebraciones son las mujeres que se ocupan de esta actividad. Al peruano es difícil verlo cocinar, si no es celebraciones netamente amicales, o si no es la de cocinero la profesión con la que se gana el pan. Lógicamente, pueden contarse notables excepciones, pero no dejan de ser excepciones. El peruano no suele cocinar a menos que lo haga en el llamado fuego amical o económico. Marvin Harris, antropólogo norteamericano, nos dice: "Pero cuando estas técnicas salen de la cocina para entrar en los dominios de especialistas, pasan de las manos de las mujeres a las de los hombres".

La mujer cocinera y esposa en los pueblos más primitivos asume en su seno "las dos actividades centrales del dominio de lo doméstico, la cocina y la cópula", (es decir), "la comida y el matrimonio". Se establece entonces la diferencia secular entre la mujer y el hombre. La mujer y el hombre, en nuestra cultura vivencial, son diferentes incluso en su relación primordial con el elemento esencial para cocinar: el fuego. En las perspectivas psicoanalistas de Sigmund Freud podemos encontrar una posible explicación del porqué de este comportamiento. Freud nos lo describe en el capítulo sobre la conquista del fuego de su libro “El Malestar en la Cultura”, hablando de "... la sorprendente prohibición de orinar sobre las cenizas que rige entre los mongoles. La condición previa para la conquista del fuego habría sido la renuncia al placer de extinguirlo con el chorro de orina. No es el fuego lo que el hombre alberga en su tubofálico, sino, por el contrario, el medio para extinguir la llama, el líquido chorro de su orina".

En una nota aclaratoria, Freud se extiende sobre esta hipótesis y la relaciona, finalmente, con la fisiología femenina: "El hombre primitivo había tomado la costumbre de satisfacer en el fuego un placer infantil, extinguiéndolo con el chorro de su orina cada vez que lo encontraba en su camino. El primer hombre que renunció a este placer, respetando el fuego, pudo llevárselo consigo y someterlo a su servicio. Además, se habría encomendado a la mujer el cuidado del fuego aprisionado en el hogar, pues su constitución anatómica le impide ceder a la placentera tentación de extinguirlo" .

Ante tal cita sólo me queda proponerles estimados amigos y seguidores de las “Lecturas del Domingo” que observen atentamente el comportamiento de los participantes en un final festivo de fiestas en la sierra del Perú, o las mal llamadas “Fiestas Chichas”. En un ambiente de jolgorio alcohólico --familiarmente llamado borracheras-- y relajo después de lo que hemos dado en llamar el “fin de fiesta”, recordemos quiénes son siempre los encargados de apagar el fuego y cómo lo hacen la mayoría de las veces, orinando todos los varones sobre las ascuas. Parece como si Freud, a pesar del tiempo transcurrido desde su desaparición, no se hubiera perdido ninguna de nuestras fiestas patronales o fiestas chichas, y para terminar podemos decir: "Todo fiesta patronal en el Perú, acaba siempre en un jolgorio incontrolado."

Rodolfo “Locrito” Tafur

 

 

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