Educar y servir

 

Una de las cosas más bellas de la vida es servir a los demás. Esta idea del dar, de brindar servicio, hoy atravesada por las nomenclaturas de la actividad empresarial, el marketing y las modernidades se ven a través de estándares de “atención al cliente”, el grado o nivel de “satisfacción” del mismo, la “fidelización”, el cómo ofertamos, el “emprendedorismo” y hasta ciertas formas de “identidad corporativa” y de “valores institucionales” que animan los planes de estudio y los currícula de este siglo. Amén de las instituciones educativas “de calidad” y de la famosa “cultura organizacional”.

La cuestión actitudinal del servicio, fundada desde el fondo de lo afectivo – sensible y evidentemente humana – ya no parece tener sitio, a pesar que se trata de los valores que el mundo de hoy necesita para operar. La lógica de lo humano per sé, construida en el ámbito de la solidaridad, de la fraternidad, del entendimiento y de la tolerancia está ausente en los puestos de “atención al público”, en los departamentos de “recursos humanos” y en cualquiera otra actividad de “trato” directo con las personas.

Subrayo algunas aristas del problema con cierta preocupación. Una de ellas es que hay que buscar las bases en la educación recibida en esa escuela doméstica que es el hogar. Pasa que en casa, privilegiamos el engreimiento antes que el respeto, pasa que les mostramos a los menores que el mundo gira alrededor de ellos, obviamente en éste concepto, me subo al bus con mi hijo y le doy el asiento del al lado mientras tomo el mío: dos cosas allí, le enseño con un mensaje indolente que no nos importa quién vaya parado y necesite asiento y que además no tengo por qué pagar el asiento que el niño usa. Si en la mesa hay cinco panes y cinco personas, permito que el hijo tome tres, sin importar a quién se sacrifica. Si veo en la calle algún “antojito” y el niño lo desea, así no lo necesite, se lo compro, porque si no, hace su “berrinche”. “Qué lindo el nene, mira cómo rompe, como pinta las paredes, no importa”. Hace una semana en el paradero del Metropolitano, un escolar que esperaba junto a su padre tiró al suelo la envoltura de su golosina. La dama que iba conmigo, dirigiéndose al padre, amable y persuasivamente le dijo: “Señor, se le ha caído”, a lo que el hombre le contestó con una falta de respeto. No necesito contar el resto de la historia. Es el hogar el primer responsable de la socialización del individuo y el sitio gravitante donde aprende sus primeras letras de la vida. Padres, madres, abuelos, adultos en general, olvidamos que el hogar enseña. Mal o bien, pero enseña.

En la Escuela, lugar donde privilegiadamente se habla de valores, a veces el asunto es letra muerta. Tenemos harto material, carteles, reforzamiento visual, explicaciones, ejemplos, en fin. Sin embargo, no sabemos qué queda de ello en el educando, no tenemos claro cómo formar y luego monitorear y comprobar que los valores se están formando y que las actitudes se están cincelando. Es más, en el desarrollo mismo de la actividad académica, los escenarios suelen estar plagados de antivalores: el profesor exige puntualidad pero él llega tarde, se permite el plagio en los exámenes, trabajos, el “cortar y pegar” de internet para las asignaciones, los bienes que los alumnos dejan olvidados en algún ambiente escolar jamás aparecen, los alumnos mayores les pegan a los menores, les quitan sus loncheras. ¿Una educación para formar autonomía? Tal vez, se haga el esfuerzo, pero la correa del poder de los mayores sujeta los ánimos de los menores, de los alumnos, no hay entrenamiento en la “toma de decisiones”(es por eso que nuestras elecciones nacionales devienen en “elegir el mal menor” en vez del candidato adecuado). Otros tristes datos de la escuela, y de mayor calibre, en los noticieros y diarios locales. En el último concurso de Bandas Escolares por fiestas patrias, un Colegio fue “descalificado” por el jurado de expertos porque “siempre ganaba los primeros lugares”¿?.

La educación superior no está exenta de comportamientos como los descritos anteriormente. Inclusive cuestiones como el plagio se instituyen con mejor especialización, el chantaje sexual es casi un acuerdo, “business” entre víctima y victimario, la política interviene con sus lobbys para el poder y el control de las casas de estudios y sabe Dios solamente todo lo que pasa con los famosos departamentos de Compras y Logística, predios de ciertas autoridades universitarias. A toda esta realidad está expuesto el estudiante de nivel superior, y de ésta fuente bebe para crecer sano y fuerte como un buen profesional.

El otro ámbito interviniente es la sociedad civil. El mundo tal cual. Muy publicitado en todo lo malo que pueda conocerse por los medios de comunicación. Y además al servicio amarillecido por el mercantilismo y el morbo colectivo. Pero este es un tema tan recurrente que por ahora, lo dejo en el tintero.

Volviendo al tema inicial, se sigue que en estas condiciones, el educar para servir – mediando la supuesta línea vinculante de educar y servir – no existe o está tan deteriorado que quienes reciben las tres fases educativas subrayadas hace unos momentos, aprenden perfectamente de los errores en que han sido formados (seguramente a satisfacción del sistema, de la cultura dominante).

Muchos de nuestros profesionales aprehenden – consciente o inconscientemente - partes importantes para su saber ser: aprendieron a no tomar bien sus decisiones, a mentir (lo cual incluye, mentirse, mandatarios y gente visible necesita del famoso ADN para aceptar su paternidad), a no ser honesto (no está demás quedarse con “alguito”), a prejudicial (está en el seno de la sociedad), a discriminar (a plena conciencia de que “la plata blanquea”) y por supuesto, la solidaridad y el amor no tienen sitio porque “hay que escalar a toda costa y si empleo como escalera el lomo de mi prójimo, alcanzo a subir más rápido y mejor”.

No acostumbro hacer panorámicas desagradables, me ilumina más lo bueno de la raza humana, sin embargo a veces es necesario advertir. Advertirme. Termino con un diagnóstico no muy feliz de un querido maestro peruano: “El gran problema de la Educación Peruana es que no enseña a querer, en tanto que a odiar, si”.

 

Rodolfo Tafur.

 

 

 

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